Patrimonio Digital

La torre de telegrafía óptica de Belinchón: cuando nos comunicábamos con espejos

A veces descubrimos pequeños tesoros que, por su originalidad, o por el desconocimiento total sobre su existencia, logran transmitirnos la posibilidad de conocerlos mejor y, así, admirar un patrimonio cultural tan cercano como, muchas veces, olvidado.

Eso, posiblemente, te ocurrirá cuando descubras la sorprendente historia de las torres de telegrafía óptica y cómo han logrado sobrevivir —con mayor o menor éxito— a los avatares históricos de los que han sido testigos. Sí, y una de ellas está en la localidad conquense de Belinchón.

Los orígenes de las torres de telegrafía óptica: el interés por comunicar un amplio territorio

La telegrafía óptica constituye el germen de la telegrafía eléctrica y uno de los grandes hitos en el progreso de las comunicaciones durante el siglo XIX, precedente inmediato de los modernos sistemas de telecomunicaciones.

Se trataba de un sistema estratégico con el que el Gobierno de esa época ambicionaba comunicar la capital con otras capitales de provincia, puertos y fronteras para reforzar la seguridad del Estado. Con ese objetivo se construyó una red de torres ubicadas en puntos elevados del terreno, que se comunicaban unas con otras empleando complejos códigos cifrados.

Es en el año 1844 cuando se implanta una red de telegrafía óptica amplia, pero que iba con retraso con respecto a países vecinos como Francia o Inglaterra, que ya estaban experimentando con la electricidad como vehículo de transmisión de información más fiable y rápido.

La primera torre se colocó en Madrid en el edificio de la Aduana (Ministerio de Hacienda), luego se llevó al cuartel del Conde-Duque y más tarde al Ministerio de Gobernación (edificio del Correo) en la puerta del Sol.

En qué consistía este sistema: juegos de espejos a kilómetros de distancia

El sistema de telegrafía óptica se basaba en un aparato situado a distancia visual de otro aparato similar. El operador guiaba unos controles que situaban los elementos del telégrafo en una posición visible por la torre siguiente. Esta repetía el mensaje, que es leído y reproducido por una tercera, y así sucesivamente.

El dispositivo del telégrafo se situaba sobre una torre ubicada en un lugar elevado por motivos de visibilidad. Un mástil con un travesaño en la parte superior giraba sobre su eje central (llamado «regulador»); los dos «indicadores», que eran dos travesaños menores, pendían de cada uno de sus extremos y rotaban por medio de poleas.
Según estaba posicionado el regulador y los indicadores ello correspondía a un signo determinado que interpretaba la otra torre a la que se le transmitía.

Cada una de estas torres, con una media de 9,5 metros de altura y que estaban fortificadas, contaban con tres plantas, siendo abordables solamente por el piso intermedio y gracias a una escalera portátil que los torreros retiraban para que la torre no fuera accesible para personas ajenas a la torre.

Es obvio que este sistema poseía bastantes inconvenientes: como la transmisión de señales durante la noche o en días con niebla. Por este motivo, unido a la mejora de las red de carreteras, el empuje de la red de telegrafía eléctrica y la modernización del correo, supuso el progresivo deterioro de la red de telegrafía óptica.

Grabado de una telegrafía óptica
(OLIVÉ ROIG, S. Historia de la telegrafía óptica en España)

El personal de las torres: valientes y estoicos

Aproximadamente setenta personas trabajaban en estas torres de manera incansable para mantener operativo el sistema de comunicación: ordenanzas, torreros, comandantes y oficiales de sección.

El personal tenía una estructura similar a la militar, generalmente eran cabos y sargentos licenciados de la guerra carlista. En las torres trabajaba un torrero o dos (1ª, 2ª y 3ª) y un ordenanza. El torrero suponía el personal técnico principal para que el funcionamiento de la torre fuera efectivo.
Son los ordenanzas quienes llevaban a las torres cercanas los mensajes que no se podían transmitir (por avería, niebla, lluvia…).
Mientras que el jefe de sección se ocupaba de vigilar las torres (labor que hacía a caballo), los oficiales de sección supervisaban el funcionamiento de cinco o seis torres.

Con una encomiable vocación de servicio, la disciplina de los torreros hacía que pudieran soportar no solo inacabables jornadas de trabajo, malos salarios, peligros de ataques, sino también las inclemencias del tiempo, la soledad y el continuo desplazamiento de sus familias a los pueblos aledaños a las torres.

Aunque los torreros desconocían el contenido de los mensajes, utilizaban catalejos para observar y transmitir la información a la siguiente torre, hasta que finalmente llegaba a su destino en donde era descifrado por el comandante de línea que poseía el libro de claves.

Torres de telegrafía óptica en la provincia de Cuenca: un récord que hay que salvaguardar

Con un total de 16 torres originales aún en pie (hubo veinte), Cuenca ostenta el mayor conjunto de torres de telegrafía óptica civiles en toda España, un reconocimiento que las convierte en Bienes de Interés Cultural (declaradas en la categoría de Sitios Históricos) desde agosto de 2020.

Esta red de comunicaciones (que funcionó de 1849 hasta 1857) situó a Cuenca durante un breve tiempo como una de las ciudades mejor conectadas con la capital del reino.

Dónde están ubicadas los torres de telegrafía en Cuenca

Torres de telegrafía óptica. Línea Madrid-Valencia: 1849-1854. Fuente: página web de la Asociación amigos del telégrafo

En la línea principal Madrid-Barcelona, también conocida como la línea de Valencia, podrás localizar las torres de Belinchón, Montalbo, Villares del Saz, Valverde de Júcar, Olmedilla de Alarcón, Motilla del Palancar, Castillejo de Iniesta y Graja de Iniesta. Además, del ramal Tarancón-Cuenca, podrás explorar las torres de Uclés, Carrascosa del Campo, Torrejoncillo del Rey, Horcajada de la Torre, Abia de la Obispalía, Villanueva de los Escuderos, Cólliga y Cuenca.

Puedes localizar todas ellas en este mapa.

La torre de telegrafía óptica de Belinchón

Con el número 9 de la línea Madrid-La Junquera (por Valencia) la torre de telegrafía óptica de Belinchón se sitúa a las afueras del pueblo, entre extensos campos de olivos y a una altitud cercana a los ochocientos metros.

La distancia visual que la separa de la anterior torre es de casi kilómetro y medio y, con la siguiente, de casi siete, por lo que nos podemos crear una imagen de las dificultades que la transmisión de comunicados podía existir.

Desgraciadamente casi todos los lienzos de la torre sufren pérdidas de materiales y los diferentes pisos que poseía la torre han desaparecido, pero todavía podemos sentir la fuerza que transmite el lugar.
El ayuntamiento de Belinchón está implementando una senda verde que pondrá en valor este tipo de recursos patrimoniales con el objetivo de dar a conocer la fabulosa historia que contienen.

Se pueden observar las tres aspilleras —pequeñas ventanas o aberturas en el muro para disparar por ellas—. Debajo de ellas, los mechinales, que se dejaban en las paredes para meter en ellos los palos horizontales del andamiaje

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